23 de septiembre de 2009

Breves brisas IV


Después de buscar bastante, conseguí un lugar donde jugar al fútbol.
Los brasileros son muy ordenados, armaron 3 equipos, juegan partidos de 20 minutos, el ganador queda, y cada 5 minutos, alguno de afuera avisa que hay que cambiar el arquero.
Mientras me tocó atajar, hicimos un gol, y cuando los contrarios sacan del medio, uno me patea al arco desde atrás de la mitad de cancha. Yo me agaché y dejé pasar la pelota, porque en cualquier país normal (que no sea 5 veces campeón del mundo), el gol de atrás de mitad de cancha, en futbol salón, no vale. Sin embargo, todos los contrarios gritaron el gol, riéndose porque yo estaba “jugando con reglas argentinas”, y lo peor de todo es que lo dieron como válido, a pesar de que era clara la situación de que, a propósito, la había dejado entrar en el arco.
En el trámite del partido, en una jugada en que me pasaron la pelota entre las piernas, todos gritaron “ole”, los rivales, y los que estaban afuera.
¿Por qué tanta saña? Los brasileros no soportan que el jugador más grande de la historia sea argentino. Gracias D10S.

Porto Alegre es la capital del perro salchicha. Calculo que de cada 3 perros, 2 son salchicha, y el restante es un perro de tamaño pequeño. Nada de ovejeros alemanes, boxers, dogos, etc, es decir, ningún perro como la gente.

Cada uno de nosotros tiene un doble en Porto Alegre. Tal vez algo imperfecto, no idéntico, pero de seguro bastante parecido. Ya he visto a los dobles de algunos amigos, familiares, conocidos, incluso de personas que no veo hace muchísimo tiempo, u otras que nunca más volví a ver.
Todavía camino atento, tratanto de encontrar el mío. Tal vez lo invite a tomar un café, tal vez intente asesinarlo...

17 de septiembre de 2009

Breves brisas III


A los pocos días de nuestra llegada al departamento, un murciélago se instaló en la parte de afuera del aire acondicionado. Al principio, solo lo escuchábamos por la noche. Con el tiempo, empezó a cantar a cualquier hora, y desde hace unos días notamos que está dialogando con otro, ahora son 2. ¿Batman y Robin?

Los colectivos en POA tienen un hombre que vende el boleto y un molinete junto a él. También poseen teléfono público, aire acondicionado y tacho de basura. El boleto tiene un precio único de R$ 2, 30, es decir $ 4, 50 aprox.
Viajando hacia la casa de Sergio, le pregunté al boletero si nos dejaba en tal lugar, y no sólo él, sino también la mayoría de los pasajeros que se encontraban en los primeros asientos, comenzaron a explicarnos que habíamos tomado el ómnibus en la dirección contraria. Como ya habíamos pasado el molinete, tuvimos que pagar igual.
Un mes después, Sergio nos invitó a cenar a la casa, salimos muy distraídos, y volvimos a cometer el mismo error.

La Casa de la Cultura Mario Quintana es un centro cultural perteneciente al municipio maravilloso, colmado de actividades, en un viejo y bello edificio en el centro de la ciudad. En el séptimo piso tiene un bar muy agradable, con una vista que alcanza parte de la costanera.
Al bar llegué en un día de mucho calor. Como no tenía demasiado dinero, pedí algo llamado “garotinho”, que es un vaso pequeño de cerveza. Al rato que lo terminé, vino la moza y dijo algo señalando el vasito de vidrio. Entendí que me preguntaba si lo podía retirar y le dije que sí. Se lo llevó, y al minuto apareció trayéndome otro garotinho. Puta madre, y yo que no quería gastar. Como había contestado que sí a su pregunta, no pude rechazarlo.
Al rato que lo terminé, vino otro mozo, y me hizo la misma pregunta. Esta vez, le dije que no, retiró el mini chopp y ya no volvió.

16 de septiembre de 2009

Tenemos que hablar...


Debo reconocer que una vez llegado a Porto Alegre, este relato ha perdido un poco de gracia, no hay viento más que la suave y cálida ventisca que puede soplar en el Parque da Redenção. Si bien me siguen sucediendo aventuras dignas de contar, el último capitulo lo escribí sin ganas, y debe haber aburrido a los lectores tanto como a mí.

De hecho, éste que acabo de comenzar, se tornará poco menos pesado que un trasatlántico, si abundo en los detalles de nuestra instalación en POA.

De ello, sólo diré que los siguientes 2 días y sus respectivas noches, los pasamos en la casa de Sergio, un pianista argentino que vive aquí, junto a su esposa brasilera y sus dos hijos argentobrasileiros, mientras esperábamos la llegada del lunes para poder habitar nuestro departamento.
Sergio es una persona encantadora, que nos dio todo lo que estaba a su alcance para hacernos sentir cómodos, y trabamos una amistad que trascenderá este encuentro fruto del destino.

Así que he decidido de aquí en más, para no aburrirnos, contar en “breves brisas”, siempre más dinámicas y de lectura veloz, algunas de las cosas que suceden en POA, mientras espero el próximo viento que me empuje hacia algún otro sitio.

8 de septiembre de 2009

Porto alegrandonos


31 de julio

La noche fue durísima. Pasé mucho frío (otra vez el frío), y la ropa de cama olía a infinitos huéspedes, cientos de desconocidos que dejaron sus mugres y transpiraciones nocturnas. El colchón era tan grueso como una grande de muzzarella, y las maderas se dibujaban en mi espalda, de tal manera que acostarse era una tarea digna de un faquir.
Casi no dormí, me levanté temprano y encontré a Luis saliendo a trabajar, con una energía exultante, y un buen humor poco común a esa hora, para cualquier ser humano razonable.
- Te dejo la llave, porteño, manejate- me dijo con una sonrisa de oreja a oreja moviendo el llavero como una sortija de calesita.
Ni bien se fue, me dispuse a darme un baño caliente. No sólo estaba sucio, sino que me sentía totalmente destemplado de haber chupado tanto frío. Me desnudé y abrí la ducha esperando que calentara. Grave error. El agua salía helada y ni amagó a entibiarse, mientras mi cuerpo desnudo se enfriaba cada vez más. Volví a vestirme, con más resignación que bronca.
Me preparé unos mates para calentarme y desayunar algo, tomé un vaso de jugo de mandarina exprimido de la noche anterior, y salí hacia el centro en busca de un hotel. A las 5 de la tarde llegaba la morocha y debía recogerla en el aeropuerto con el tema resuelto.
Hasta el mediodía, vagué por las ruas, mapa en mano, averiguando precios y comparando calidades de hoteles. Finalmente me decidí por uno, poco costoso, limpio y un conserje amable que me había caído muy bien. De todos modos, era un gasto que no podríamos afrontar por mucho tiempo, como tope unos tres días, así que debíamos conseguir un lugar definitivo con esa urgencia.

A las 4 de la tarde entré al metro para ir al aeropuerto. La mujer de la boletería, una negra muy simpática que hizo relucir sus dientes con varias sonrisas, me explicó que luego de bajarme en la estación, habría un colectivo que me alcanzaría hasta las terminales, porque quedaban bastante lejos de la estación.
Al llegar tuve que cruzar un puente peatonal interminable, que se erigía sobre una autopista de varias manos. Había un colectivo detenido en la vereda, que arrancó justo cuando salí del puente. Quedé allí solo por un momento, hasta que llegó una chica. Entonces le pregunté a ella si allí paraban los colectivos que te llevaban gratis después de tomar el metro. Se rió mucho y me dijo que tales ómnibus no existían, y justo vino un micro. Ella lo detuvo porque era su colectivo, pero le preguntó si pasaba por adentro del aeropuerto, aparentemente le contestaron que sí, y me hizo subir con ella, me pagó el boleto con su tarjeta magnética y no permitió que le devolviera el dinero. Luego me indicó cuando bajar. El viaje no había sido de más de 500 metros. La despedí con un beso y le agradecí varias veces, sin saber si los brasileros son así, o sólo tuve la suerte de cruzármela.

Ingrid llegó con Fernando, y allí conocimos a Miguel, ambos argentinos. Miguel hace un año y medio que está estudiando en POA, y Fernando vino por el mismo programa de intercambio que la morocha. Miguel se ofreció a acompañarnos a buscar departamento al día siguiente, ya que conocía el circuito de los lugares que alquilan a extranjeros. Así que quedamos en juntarnos a la mañana siguiente con ese fin.
Nos despedimos hasta entonces, tomamos un taxi y fuimos al hotel. Ingrid había traído el grueso de las valijas para quedarnos los 4 meses, tres valijas pesadas como elefantes, que se iban descuajeringando en sus manijas, cuánto más las movíamos.
Yo tenía que ir a buscar mi mochila a la casa de Luis, que me había dicho que cerca de las 8 volvía de trabajar. Así que, luego de recomponerme con una ducha caliente, me dirigí a buscar mis cosas y devolverle la llave.
Llegué unos minutos antes de las 8, y Luis no había regresado. Me quedé esperando en silencio en el comedor semi vacío. En algún patio cercano maullaba un gato.
Ocho y media decidí llamarlo por teléfono al celular, cuando comenzó a llamar, el celular sonó lejano, pero claramente en la habitación de Luis. Se lo había olvidado. Entonces pensé que Luis no sabía que yo me iba, y si le había surgido algún plan después del trabajo, podría volver a cualquier hora, y yo quedaría varado ahí, mientras Ingrid me esperaba en el hotel. Así que decidí dejarle una nota. Busqué un papel, saqué mi birome, y le escribí agradeciendo su hospitalidad y la gentileza de haberme recibido, y lamentando no haber tenido el tiempo suficiente para explicarle que “Boca no existe”. Por último le indiqué en qué lugar del jardín le dejaba las llaves escondidas. Agarré mis cosas, y “si te he visto no me acuerdo”, me dije.